Que puedo decirte vida, que te amo con locura, que necesito de ti cada día para dejarme asombrar por lo maravillosa que eres. Me aferré de tal manera a ti, que te siento inseparable y que nuestro divorcio seria la muerte. Aun así, disfruto siempre de tu compañía, aprecio tus regalos y la manera en como complaces mis gustos y antojos. Gracias vida por dejarme ser quien soy, por abrigarme durante la mortalidad y por cubrirme de la incertidumbre.
Simplemente, muchas gracias.
jueves, 26 de septiembre de 2013
Volando entre nubes
Tus memorias, tus recuerdos son tu mayor tesoro. Todo lo que haz hecho en tu vida es por tu esfuerzo y dedicación. Vuela, siempre más alto, toca las nubes, abrázalas y de vez en cuando duerme sobre alguna de ellas. Te darás cuenta de lo bello que es la infinitud y del miedo que se va cada vez que llegas a estar junto a una estrella. Intenta reflejarte en el mar, sería toda una odisea verte, cuando lo hagas es porque habrás tocado tierra, pero aun siendo así, disfrútalo y llénate del aroma que te regala la naturaleza.
domingo, 15 de septiembre de 2013
El conejo en la luna
Y ante la hermosura de
la vida, de la belleza de lo inigualable, me vacié en ella, como
reloj de arena, me conmoví y me seduje por su mirada, por lo que me
ofrecía. Un azar, un juego lúdico que iba igual que yo. En dos
caminos diferentes, pero ambos hacía la luna, hacía ella para
encontrar al conejo que habita en ella.
El sabor de sus olas
Dejo que mi corazón
vuele, que sienta el aroma de cada mañana, le dejo seducirse por la
vida misma... Dejé que mis ojos vieran la belleza de la naturaleza,
que sintieran y que se humedecieran por mirar la grandeza de la vida,
de los árboles, del juego de colores, entre el azul, el verde y el
morado. Dejé que mi ser se perdiera en el cielo, que jugara con las
nubes, que hablara con las estrellas, que soñara con el horizonte,
con tocar el mar, que me idiotizara y que se mezclara
con la espuma y el sabor de sus olas.
Te salvaré...
Lo que puede hacer para
que te recuperes es intentar hablar con tu sangre y cantarle
canciones de cuna para que duerma y así logres descansar un rato.
Tal vez termine siendo un acto suicida pero no importa, algunas veces
los héroes mueren sin razón alguna y son considerados como
mártires. Imagínate tú siendo una mártir, siendo una persona que
no logró superar los peores problemas de la sociedad y por eso
mueres, casi una anomia.
Si llegaras a descansar
tanto y no despertarás después, yo te recordaría con dulzura, con
amor y con ternura. Recordaría también los momentos que pasamos
juntos. Los momentos en donde tu cuerpo le sonreía a la vida y yo
bailaba junto a ti. Es una lástima que algunas enfermedades se coman
hasta tu alma, si es que los dos tenemos un alma. Es un problema
también que la enfermedad nos haga querer la vida y valorar más
aquellos momentos pequeños, los momentos que llenan el corazón.
Te recuerdas aquella
vez que estaba en tu departamento y miramos los fuegos artificiales
por la ventana. Yo te miraba reflejada en el vidrio, tenías aquella
sonrisa que me alegraba y que me invitaba a besarte. Estabas llena de
salud, de vida, de lozanía. Qué es lo que le puede pasar a uno para
enfermar tanto y perder todo lo bueno que te deja vivir.
Ahora te miro así,
débil, pálida sin ninguna posibilidad extra de vivir más tiempo.
Por eso te digo que me dejes hablarle a tu sangre, quiero cantarle
las canciones de cuna que mi madre me cantaba cada noche antes de
dormir cuando era un niño. Eso me hacía sentir querido y tranquilo.
Olvidaba todo lo malo que podía haber en una noche, los monstruos
que están debajo de tu cama o en el ropero, los espíritus que
pueden salir de tus zapatos de colegio o las voces que llegas a
escuchar cerca de tu oído. Las canciones me tranquilizaban, algunas
veces las tarareaba y luego me las aprendía.
En el colegio las
cantaba durante el recreo y muchas maestras creían que iba a ser un
cantante famoso. Nada que ver con lo que soy ahora y con mi
profesión. Enamore a muchas mujeres así también, las invitaba a
comer, al cine, a bailar o a beber. Luego íbamos a mi departamento o
al de ellas, tomábamos una botella de vino y les cantaba. Sabía que
canción cantar para cada mujer, todo dependía de lo que me contaran
antes de bebernos la botella. El alcohol siempre ha tenido cierto
efecto positivo en mi voz y en la letra de mis canciones. Así fue
como te empecé a enamorar a ti, mi querido amor.
Me causa un gran dolor
verte así de enferma, conectada a tantos aparatos que no estoy
seguro de la causa de tu vida, es porque el médico lo decide así o
porque tu vida no termina en este momento. Por eso te pregunto sí
quieres que le hable a tu sangre, que la trate de calmar y que me
cuente que le hace a tu cuerpo. Cuál es su proceso ahora, si trabaja
como siempre lo ha hecho o sí se retrasa ahora que se siente enferma
igual que tu. Me permites..., tomaré tu gesto como un si.
Te pincharé con esta
aguja para secarte un poco de tu sangre, así la invito a un café
mientras charlamos. No voy a fumar mientras tomo el café para no
contaminarle, te aseguro que no nos tardaremos mucho. Sólo quiero
saber de tu sangre y quizá, si la convenza logre que descanses y ya
no sientas más dolor. La volvería a introducir dentro de ti con la
misma aguja y así cuando este dentro de cuerpo, descanses y yo ya no
sienta el dolor que me causa verte así, sin vida.
viernes, 6 de septiembre de 2013
El viaje...
Hoy inicia mi viaje,
aquel que empezó el día que me confundí de nombre y dije el de
otra persona. Estaba segura que ese no era mi nombre, pues yo me
llamo Casia Olivar. Eso es lo que dicen los papeles que cargo en mi
bolsa verde, uno es un documento de identificación, otro es la
cuenta de la luz y el otro que tengo guardado son los impuestos que
tengo que pagar. Además cargo una licencia de conducir, no sé
porque la tengo porque recuerdo que no sé manejar carro. Son varios
los papeles importantes y en todos aparece el nombre de Casia Olivar.
El día que salía de
mi casa para empezar mi viaje hacia el Norte, estaba segura que me
llamaba Lorena Méndez. Supongo que tenía presente dicho nombre por
haber leído el periódico o alguna revista. Quizás pensé que quien
se llamaba así, era parecida a mi y por eso guarde dicho nombre en
mi cabeza. También me sentía nerviosa, era la primera vez que salía
de viaje y que no tenía planeado regresar a casa. Mi viaje iba a
durar lo que dura una plantación de banano, entre ocho a nueve
meses. Quería conocer varios lugares, ciudades, pueblitos o campos.
Quería tomarme fotos en los parques, en los mercados, en los
supermercados o en algún restaurante tradicional. También quería
conocer gente, hablarle a muchas personas para que me contaran sobre
su país, que les gusta y que no les gusta, actualizarme sobre temas
políticos, sociales, económicos y sobre todo artísticos.
El motivo principal de
mi viaje era el arte y así cuando regresara a mi casa poner mi
propio museo. En la casa, mi madre guardaba muchas cosas. Algunas
eran muy antiguas y otras eran modernas. Guardaba también las
botellas de licor que le regalaban desde hace veinte o treinta años.
Tenían tanto tiempo de estar guardadas, que el aroma del licor se
sentía fuerte, tan así que se lograba diferenciar entre el alcohol
y la bebida. Probé un whisky que me gustó, generalmente el whisky no
me gustaba. No sabría decir sí por la marca o por el tiempo que
tenía guardado, pero fue mi favorito por un tiempo. La botella se
acabo y nunca se dio cuenta que hacía falta una. También me bebía
las botellas de vino, las de tinto destapaban mi nariz, ya fuera por
el trago o simplemente por el aroma. Cuando estaba enferma, era el
mejor remedio que podía tomar. No comprendía para que las guardaba
tanto, pero intentaba que nadie se diera cuenta de la ausencia de las
botellas y así no tener líos.
En algún tiempo llegué
a pensar que las botellas serían perfectas para ser exhibidas en el
museo, pues con el paso del tiempo cambian. Entonces, si las que
exhibía y aún no estaban abiertas, creía que tendrían un valor
mayor y mi museo tendría objetos valiosos. Tenía muchas ideas para
el museo, pero quería conocer otros museos para organizarlo,
edificarlo bien y que fuera lo más creativo que yo pudiera esperar
de mi.
Tal vez por ello fue
que confundí mi nombre, tenía tanto en la cabeza, pensamientos,
ideas y de lo que sería mi viaje. Al salir de casa, un hombre en la
esquina me preguntó sí sabía la hora y le dije que no. Me preguntó
cual era mi nombre y fue cuando le dije que me llamaba Lorena Méndez
y seguí caminando. A la siguiente cuadra, sentí la presencia del
hombre cerca de mi, pensé que me estaba siguiendo pero no estaba
segura. Así que me metía a una cafetería, pedí un café y un
cubilete. Iba a pedir solamente el café, pero el cubilete tenía
forma de un personaje que sale en una película animada de Disney.
Así que me gustó y olía rico. Estaba tomando mi café y comiendo
el cubilete, miraba por la ventana y el señor seguía en la esquina,
haciendo como si esperaba tomar el bus que lo llevaba a la estación
de trenes.
Me seguía preguntando
sí me estaba siguiendo o no, si el camino era el mismo que yo hacía
o no. Sí me estaba siguiendo no sabía porque lo hacía, no le debo
nada a nadie y tampoco soy parte del grupo de narcotraficantes del
país. No había asaltado nadie y tampoco había hecho algo ilegal,
así que motivos principales para que alguien me siguiera no habían.
Sí para cuando terminara de tomar mi café y de comer el cubilete,
el hombre seguía ahí le preguntaría porque me seguía. Aunque
fuera sólo una idea para mi, podría ser posible que me siguiera.
Terminaba el último pedazo del cubilete, el cuál había sido toda
una maravilla para mi, porque era de amapola con turrón. Calcule
sólo dos tragos de café, vi hacía la parada y él seguía ahí.
Así que me acabe el café, tomé mis cosas y camine hacia la parada.
Igual tenía que esperar, pues ahí era donde empezaba mi viaje.
Me senté junto a él,
le vi el rostro y observé que llevaba una maleta pequeña al igual
que yo. Le pregunte si estaba esperando y me dijo que si. Que iba
hacia el Norte en búsqueda de su hija, pues había salido de viaje
hace dos meses y que no regresaba aún. Tenía un número al cual le
llamaba, pero no le contestaba, se sentía preocupado y por eso había
decidido salir de viaje. Así fue como terminó de responder mi
pregunte. Le creí su historia y ya no sentí la necesidad de
preguntarle si me seguía o no. Yo le conté mis motivos del viaje
también, le conté un poco sobre la idea que tenía del museo y que
no estaba segura cuando regresaría a mi casa. No me dijo nada más,
medio sonrío y miro hacia el cielo.
Al poco tiempo, llegó
el bus. Quizás espere unos cinco minutos. Cuando subía, me sentí
más nerviosa, no estaba lejos de mi casa pero la expectativa y la
ansiedad me hacían sentir como me sentía. Él también se subió y
se sentó junto a mi. Habían varios asientos vacíos, pero pensé
que por corto diálogo que habíamos tenido se sentaba junto a mi. La
estación de trenes estaba a treinta minutos, así que me iba a
dormir. Saqué mi pequeña almohada que llevaba, la acomodé y
recosté mi cabeza. Él al verme, me preguntó nuevamente mi nombre y
le dije que me llamaba Lorena Méndez. Voltee la mirada, acomode mi
cabeza y me quede dormida.
El bus llegó a la
estación de trenes, se detuvo y empezamos a bajar. Llegué a la caja
para comprar mi boleto, pagué e iba a buscar mi bus. Seguía
pensando sobre el viaje y no me fije en un hoyo que había ahí. Me
caí y mi cabeza rebotó. Quede inconsciente y la persona que llego a
asistirme fue él. Llamó a los bomberos y revisó mi bolso verde
para buscar algún número y comunicarse con mi familia. Fue ahí donde
se dio cuenta de mi verdadero nombre, Casia Olivar.
Fue ahí donde él se
dio cuenta que yo era su hija y que se preocupaba por mi, debido a mi
enfermedad. Había olvidado quien era y una familia me había
adoptado. Siempre quise salir de viaje y por eso siempre intentaba
salir de viaje. Pero esta vez, fue cuando él me encontró....
Así que hoy vuelvo a
iniciar mi viaje, rumbo hacia el Norte. La idea del museo cambió,
ahora viajo por placer. Quiero conocer y tomarme fotos, pero esta vez
no voy sola me acompaña él. Quizás cuando sentí que alguien me
seguía era más un sentimiento familiar que no logré reconocer.
domingo, 1 de septiembre de 2013
En el suelo
Y me venía arrastrando
en todo el camino, no podía caminar. Mis piernas no me dejaban
caminar de pie, había recibido tres disparos en cada una de ellas y
una había sido quebrada cuando el policía me jaló para subirme al
camión. Al estar arriba, entre todos los capturados vi la luz,
resplandeciente que me quitaba el sufrimiento por un rato. Pero fue
muy poco tiempo, cuando dejé de ver la luz, te vi tirada.
Estabas con tu vestido
negro y un pantalón de lona, mi corazón se comprimió y me empecé
a gritar. No podía bajarme del camión, me golpearon en el ojo y me
dieron una patada en el estómago. Me dolió tanto que vomité, saque
de mi la manzana que había terminado antes de que los policías nos
quisieran arrestar a todos. Intente salir con todas mis fuerzas del
camión, pero no pude.
El camión arranco y
miraba como cada vez estabas más lejos de mi, no pude ayudarte. No
pude llamar a los bomberos para que te llevaran al hospital, no pude
levantar tu cara del piso de cemento, no pude cubrirte tampoco.
Estabas ahí tirada, ten débil, tan sola y yo tan cerca de ti.
Quería abrazarte, que te sintieras protegida por mi, pero no pude y
lo lamento. Estabas ahí, tirada y no logré levantarte.
Regrese la mirada y lo
que volví a ver fue mi vomito. Los restos de la manzana que no
habían sido digeridos y los que si, los que parecían un plato de
papilla para un bebé recién nacido. Me sentí frustrada, te había
dejado de hablar hace unos meses y por equivocación llegaste a donde
no tenías que llegar. Empecé a llorar, el sabor que sentía en la
boca lo confundía con lo salado de mis lágrimas y con lo dulce de
la manzana. Me levante e intente sentarme. Una chico me ayudó, quien
estaba sentado junto a mi el resto del camino hasta llegar a la
cárcel. Ya no dije nada, sólo esperaba que estuvieras bien y
volverte a ver para saber que seguías con vida.
Sabía que tu desvanecer
lo había causado yo, por verme ahí, gritando, jalonada, golpeada y
que la misma policía no respetaba mis derechos. Tú, que siempre
habías respetado las leyes, que admirabas a los policías y que me
querías tanto; me viste así. Desde antes, supuse la reacción que
tendrías cuando me vieras entre la manifestación. No pude
ocultarlo, los policías me ayudaron a exhibirme ante ti en el
momento menos deseado para mi.
Llegué a la prisión,
me hicieron hacer una fila y quede entre dos hombres, uno de ellos
era quien me ayudó a sentarme. Sabía que iba a quedarme ahí un
buen tiempo y que posiblemente jamás volvería a correr o a
caminar. Miraba mis zapatos de cuero negro cubiertos de sangre, mis
manos lastimadas, mi ropa rasgada y seguía sintiendo el sabor
agridulce de mi boca. Me seguía preguntando por ti, que habría sido
de ti, si te habían llevado al hospital y si estabas con bien. Lo
único que me importaba es que estuvieras bien, con vida. No esperaba
un milagro porque no creo en ellos, pero si esperaba volver a verte.
Un policía se acerco a
mi, me preguntó si te conocía y le dije que si. Me dejaron salir de
la prisión. Quería correr hasta donde tú estabas, pero no podía.
Tuve que aceptar que una ambulancia me llevara, además tenían que
revisar mis piernas. Pero no me importaba, lo único que quería era
volver a verte y dejar la culpa que sentía.
Estoy segura ahora, que
el peor sentimiento que una puede tener es la culpa. Ese dolor que
toca tu corazón en lo más profundo y que envenena las arterías y
venas. Así es como después todo tu ser siente culpa, remordimiento
y en cierta manera lo logras ver dentro de ti. Estaba en silencio,
pensando en ti. Que a pesar de mis ansias de volver a verte, no
podía.
Me atendió un doctor
para curarme, pero por qué curarme me dije a mi misma. Ya no tenía
remedio ni cura mi dolor, decidí que si no había solución para mi, intentaría superar mi culpa en algún momento pues quería estar
tranquila conmigo. Estaba sedada, mis acciones eran involuntarias
pero estaba llorando por ti, esperaba que no estuvieras muerta. Me
di cuenta que si te perdía probablemente sería para siempre y quería
despedirme de ti.
Yo sabía porque te
había dejado de hablar por tanto tiempo, sentía que no valía la
pena hablarte, me parecía aburrido escuchar tus penas y que siempre
fueran las mismas. No me dejaste ningún momento en paz, en
tranquilidad, había momentos que sólo quería estar sola conmigo
misma y tu no lo permitías. Fue así como me fui sintiendo abrumada,
acorralada pero a pesar de todo, te quería seguir queriendo. Tenías
desde hace mucho tiempo, un espacio en mi corazón. Habías visto
como crecía, como me convertía en una persona adulta y que ambas dejamos a atrás nuestra niñez al mismo tiempo.
Me recuerdo de cuando
era pequeña, jugando me lastimé. Tú me levantaste y curaste mis
heridas, habías quitado el sufrimiento que sentía. Te miraba y
sentía paz, hacías que dejara de llorar, secabas mis lágrimas y
luego me abrazabas. Entonces yo tocaba tu cabeza para darte consuelo
también, para disminuir tu dolor a causa de mi. Te amaba desde
siempre, desde que tenía memoria. Tú estabas en todos mis
recuerdos, en todos los momentos alegres y tristes, en los momentos
en que a pesar de quererme sentir sola, tú estabas ahí. Algunas
veces me dabas consejos y muchas veces sólo escuchabas mis quejas,
de lo que perturbaba mi corazón.
A la mañana siguiente,
me levantaba de la cama para ir a tu habitación dentro del hospital.
Mi hermana estaba triste, cuando me vio me abrazó y lloró al igual
que yo. Fui a verte a tu habitación y eras todo lo contrario a lo
que me habías acostumbrado durante tanto tiempo. Tan frágil, tan
necesitada de mi. Me abrazaste y esa misma tarde nos regresamos a la
casa. Quise que todo estuviera igual, así que intentamos hacer lo imposible para que así fuera.
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